viernes, 29 de abril de 2016

Inche Michimalonco, de Juan Gustavo León

La historia de Chile tiene muchas historias que merecen ser contadas individualmente, hechos, circunstancias, personajes, cuyas motivaciones para la acción conllevan un profundo sentido humano, que es la base de todas las historias que nos trae la literatura como imitación de la realidad. Sin embargo, esa enorme colección de hechos y personas, acumulados en más de 500 años de vida documentada, apenas si ha dado a la literatura tres o cuatro nombres que, inspirados en ella, han llevado dichas historias a la categoría de narración literaria, sembrando la historiografía con una documentada ficción que permite la existencia de la novela histórica o biográfica, que no es otra cosa que la narración de hechos ficticios enmarcados por un sólido contexto histórico que le da sentido de referencia y pertenencia.
Este género tiene grandes cultores en la literatura universal de todos los tiempos, sin embargo, en Chile, está muy poco desarrollado –y subvalorado por aquellos académicos de nariz arrugada que apenas logran oler sus propias impresiones, confundiéndolas a menudo con ese sentido estético que pregonan poseer y del que ya carecen-. De esos pocos autores que han explorado esta veta con éxito en Chile, podemos recordar a Jorge Inostrosa Cuevas, Liborio Brieba, y en los últimos años, algunos relatos de Enrique Campos Menéndez, Isabel Allende, Francisco Ortega. Ignacio Cisternas Tirapegui y Hernán Rivera Letelier, entre otros. En esa notable tradición, en que la investigación histórica debe ir a la par de la creación literaria, se inscribe Juan Gustavo León, quien acaba de publicar su novela Inche Michimalonco (en estas mismas páginas digitales comentamos positivamente hace un par de años su ensayo biográfico Michimalonco).
La novela de Juan Gustavo, recientemente publicada por Zigzag, nos lleva, a través de una pluma ágil y amena, que no escatima datos históricos reales sobre personajes, sucesos o costumbres, a recorrer los tiempos convulsos de los últimos días del Imperio Inca y de la llegada de los españoles y cómo ambos sucesos impactaron en las comunidades indígenas de nuestro territorio que se vieron enfrentadas a uno de esos momentos cruciales en la historia de las sociedades. No debemos olvidar que todo el norte de Chile y hasta el valle central que hoy conocemos como región Metropolitana, fue parte tributaria del imperio Inca, que había acá poblados dirigidos y gobernados por autoridades nombradas por el emperador (vale la pena recordarlo porque he visto tantas clases de historia en colegios de nuestro país en que los estudiantes creen que a la llegada de los españoles acá no había prácticamente nada más que rucas y tribus semi-salvajes) y que las rebeliones internas de la decadencia incaica, sumada a la conquista del Imperio por los españoles provocó un impacto enorme en nuestro territorio.
Personaje y líder de aquella época es el cacique Michimalonco. Al menos así nos lo han presentado los libros de historia y cualquiera que sepa algo de la lengua y la sociedad mapuche pone en duda hasta el nombre del mentado jefe, por cuanto a quienes no ignoran la cultura mapuche les resulta evidente que ese nombre es más bien un cargo, un rango, un distintivo de autoridad y no un nombre de pila. Hasta de aquello se hace cargo Juan Gustavo León, estableciendo un posible (ficticio como toda literatura), pero verosímil juego de palabras entre el cargo de Lonco de los mitimaes (Mitimae Lonco) que era el título que ostentaba el cacique y el nombre mapuche que le da la novela: Michimanque.
La ficción nos cuenta la vida de Michimalonco y las luchas que su padre, uno de los más influyentes loncos del valle de Aconcagua y aliado del inca, debió afrontar para mantener la paz entre los belicosos señores del valle. Nos relata el posible viaje que debió hacer Michimalonco a la corte del inca para estudiar los métodos bélicos de las tropas imperiales y su éxito al ser posteriormente nombrado jefe de la comunidad que antes dirigiera su padre, con autoridad, incluso, sobre los mitimaes desplazados o retenidos en el valle. Por supuesto, no puede faltar el épico relato de la batalla de Santiago, que todos los libros mencionan y que es un hecho histórico indesmentible, acontecido el 11 de septiembre de 1541. La preparación y la logística de la batalla están muy bien representadas en la obra de León.
Indudablemente, este tipo de novelas ayuda a que, sin darnos cuenta, los lectores nos vayamos apropiando de nuestra cultura, de nuestra historia, de los nombres que hicieron posible hechos admirables de tiempos pretéritos y que nunca quedarán en el olvido, mientras alguien los recuerde. Como dice el dicho, las personas no mueren mientras permanezcan en el recuerdo de alguien y con esta novela notable, Michimalonco tiene asegurados por lo menos una centuria más a las cinco que ya luce. Por supuesto que los académicos literarios antes aludidos, unidos ahora a los académicos historiadores de la misma fuente, se quejarán que este tipo de obras distorsiona la historia y hace que los lectores crean cosas equivocadas. Dos ideas sobre eso: 1. Los lectores saben que la literatura es ficción siempre y no confunden fantasía y realidad y 2. Nada menos histórico que la historiografía académica que nos quieren endilgar como única voz de los sucesos del pasado.
Pero, volvamos a la novela. No puedo dejar de destacar el interesante sustrato psicológico con el cual el autor dota a sus personajes. Cada uno de ellos aparece enmarcado siempre por sus ideas, ideales, ambiciones, dudas y motivaciones que los recrean en toda su dimensión humana. No son los personajes edulcorados de la historiografía. Son los personajes con plena sustancia psíquica que solo la buena literatura puede proveer. Esa trama psicológica explica las acciones, dándoles un marco histórico y un contexto social y sirve para que comprendamos las íntimas motivaciones que hace a los personajes actuar de la manera en que lo hacen en el relato.
Novela notable, intensa, que se lee con adicción y fruición a la vez, debiera tener una versión escolar más barata para que los docentes podamos incluirla en el plan lector domiciliario, porque no solo es un aporte de buena escritura, sino porque nos abre ventanas a nuestro pasado histórico y, bien sabemos cómo dicho pasado no se encuentra, precisamente, entre los temas que más dominan nuestros niños y jóvenes.
En definitiva, una excelente novela chilena que recomiendo mucho salir a encontrar en los anaqueles de las librerías.
prof. Benedicto González Vargas

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