Con una mezcla de estupor, espanto e indignación me he impuesto, a
través del excelente suplemento literario Ñ de El Clarín de Argentina, que mi
tocayo Benedicto XVI planea eliminar de un golpe el Limbo. Para ello, ha
nombrado una comisión que se encargará de redactar su abolición.
Efectivamente,
tal como lo leen. El Limbo, ese lugar hermoso al que íbamos a ir con toda
certeza mi amigo Carlos Duarte, el suscrito y seguramente varios habitantes de
la Tierra de Letras. Ese lugar donde se vive eternamente feliz, con una
felicidad natural, porque el Buen Dios no admite que contemplen su rostro los
que viven en el Limbo, pues aunque fueron buenos, no alcanzaron la gracia de la
Redención y no podrán ganarla tampoco como sus aventajados compatriotas del
Purgatorio que, aunque sufrientes, saben que van a por la gloria.
