
Sea cual sea el país de habla hispana en que se haga una
reflexión relativa a los índices de lectura, la sensación que queda es que
siempre estamos muy mal. Tanto los índices de compra de libros, como los de
préstamos bibliotecarios, los de lectura y los de comprensión lectora, reflejan
siempre que estamos en un grave problema que no se ha logrado solucionar. En
Chile, ha habido estudios que han arrojado vergonzosos resultados respecto de
cómo nuestros adultos poseen niveles de comprensión lectora paupérrimos y cómo
sus hijos parecen repetir dicha situación. A partir de esta realidad, que vivo
a diario como docente de educación primaria y secundaria, suelo preguntarme qué
hacer y aunque llego a algunas respuestas, las soluciones implementadas no
parecen dar resultados. Esto, indudablemente se debe a que el problema de la
lectura supera con mucho los esfuerzos que pueda hacer una persona o, incluso,
una conjunto de docentes, porque hunde sus raíces en problemas estructurales
tales como: la familia, los programas de estudio, la infraestructura
bibliotecaria y, lamentable es decirlo, los niveles socioeconómicos. Factor
este último que es necesario reconocer para lograr romperlo y anularlo, porque
es posible.
Sin embargo, desde la escuela, me permitiré hacer algunas
reflexiones: