No es este un artículo que busque provocar a nadie. Ni a los fieles herederos políticos de las ideas de Allende, ni a los cristianos que, dejando de lado su inclinación marxista, le reconocen un lugar en la lucha contra la pobreza, ni a los masones, que lo llaman Querido Hermano y lo han nombrado patrono de una decena de logias dispersas por el mundo. Tampoco deseo molestar a sus opositores. La verdad, sin embargo, es que la figura de este extinto presidente chileno no admite tonos intermedios. Se lo ama u odia con una fuerza tal que pareciera estar omnipresente en la vida nacional, más allá de aquella muerte, llamada por su propia mano, y con más altura que la estatua que conmemora su paso por la vida pública de mi país.
