Por Camilo Marks
Patti Smith (Chicago, 1946) es mundialmente reconocida y aclamada como cantante, intérprete y artista visual. En rigor, es probablemente de la época dorada y tan mitificada del rock, ya que la mayoría de sus contemporáneos o amigos ha fallecido, convalecen o se hallan fuera de circulación. De los doce álbumes que ha publicado Horses se estima por la revista Rolling Stone como uno de los cien mejores de todos los tiempos. Amiga, colega, compañera de trabajo partícipe o colaboradora en proyectos multiculturales, fue íntima de Allen Ginsberg, William Burroughs, Paul y Jane Bowles, Sam Shepard, Jack Kerouac y el resto de la extinta generación beatnik. De modo que es inevitable que se la asocie con ese grupo y se hable de ella como ese indefinible e inclasificable que resta de la era dorada -y muy idealizada- de los años cincuenta y subsiguientes, cuando los poetas, músicos, pintores y quienquiera que tuviera vocación o talento producía realmente a contracorriente, sin becas, patrocinios estatales o de fundaciones, ni financiamientos de corporaciones.


