Ha muerto Miguel Serrano. A los 91 años de
edad ha dejado de existir uno de los grandes escritores chilenos. Uno de los
más grandes, sin lugar a dudas. Pero también uno de los más ignorados, su solo
nombre ponía incómodos a los demócratas de todos los colores. Su sola presencia
era contaminante para la atmósfera de tolerancia que solemos levantar y que no
pasa de ser una hojarasca, una carcasa, a lo sumo una escenografía bien
montada, pero que tras la fachada no tiene nada verdadero. Hemos levantado
hasta las nubes, con razones literarias, por cierto, a escritores como Neruda o
Volodia, a quienes les perdonamos todo. No nos importaron sus vidas personales
no siempre muy ordenadas, sus ambiciones políticas, les hemos perdonado y olvidado
incluso lo peor de su literatura panfletaria prosoviética. Pero a Serrano la
democracia chilena nunca le perdonó nada. Ni siquiera la admiración y amistad
que le profesaran personas tan notables como Jung o Hesse sirvió de atenuante
para olvidarnos que Serrano fue nazi. ¿Y si lo fue, qué? Fue también muchas
otras cosas y en todas ellas puso su talento y esfuerzo.
