
Suelo, en 5° ó 6° año básico, intentar transmitir a mis estudiantes la necesidad de interrogar a los libros o textos que deben leer, antes de iniciar la
lectura. Darle una mirada a la portada, al índice, a las imágenes que pueden tener los capítulos es
importante para plantearse las preguntas básicas que nos ayudarán
a comprender lo leído. Ver los títulos de los
capítulos, por ejemplo, comprobar si hay palabras desconocidas o ignoradas en
ellos, permite desatar una serie de hipótesis
o búsquedas sumamente necesarias para enfrentar la lectura que viene. Ante
un título, por ejemplo, como Las crónicas de Narnia, deben los
estudiantes plantearse primero qué es una crónica, para qué sirve, quién las
usa, de otra manera ya desde el título el libro irá cerrando sus significados
(peor aún, sus significaciones) a los estudiantes y, tal vez, logren entender
algo de la historia, pero seguramente quedarán profundos vacíos en la comprensión. No
es una pérdida de tiempo dedicar minutos antes de abordar una lectura a que se
hagan esas preguntas y esos análisis.
Pronto, al leer, se darán cuenta de
cuánto estuvieron equivocadas o acertadas las suposiciones previas y con ello
habrán desarrollado un proceso metacognitivo crucial para una comprensión mejor
de lo que leen. ¿Y mis colegas de Matemáticas o Física o Química o
Filosofía, incluso, no suelen quejarse de que los estudiantes no entienden los
problemas que les presentan como ejercitación? No es válido, acaso, que a
partir de estas reflexiones previas, podamos luego ir ayudándolos a plantearse
si para resolver un problema matemático es mejor una suma, una multiplicación o
plantear todo como una ecuación, tal vez? ¿Qué datos necesita
saber para contestar? ¿Cuál es el planteamiento de lo que debe hacer?