domingo, 20 de febrero de 2005

El poeta del dolor



... A Ángel Cruchaga Santa María a menudo se lo ha definido, no sin razón, como un poeta místico, religioso y solitario, pues su poesía, en múltiples ocasiones, no solamente arrancó de temas bíblicos, sino que además irradia una espiritualidad rara y conmovedora. Poeta de alma elevada y profunda que quiso alzar su poesía más allá de las cumbres. Nacido en Santiago el 23 de marzo de 1893, en el seno de una familia de ascendencia vasca, cursó sus estudios en los Padres Franceses, aunque sólo llegó hasta el cuarto año de humanidades. Luego, para mantenerse, se desempeñó en funciones administrativas en empresas estatales y en un banco privado. Al final de sus días, fue director del centro Cultural de Ñuñoa, cargo que desempeñó hasta su muerte. Publicó sus primeros poemas en las revistas "Musa Joven" y "Azul", donde compartía páginas con su primo Juan Guzmán Cruchaga, con Vicente Huidobro y con Pedro Prado. 
En 1915 publicó su primer libro Las manos juntas, dedicado a una hermosa joven de su barrio a la que amaba secretamente y que murió a la edad de 15 años. En 1920 publica La selva prometida y en 1922, Job, una de sus obras cumbres: 

"Santo del muladar, terrible santo tu alarido de piedra hacia el Eterno es una torre trémula de espanto ¡Con su silicio se aromó el infierno! (...) Oh, milenario surco del tormento tu voz se alzó como una espina terca hacia la amarga luz del firmamento ¡Nadie estará de Dios nunca más cerca! (...) ¡Santo del muladar, lepra que canta hacia los siglos como un bosque eterno! Fue toda melodía tu garganta ¿Aún la escucha Luzbel en el infierno?" 

Al leer estos versos es imposible no conmoverse ante la patética tragedia bíblica, los desgarradores lamentos de Job, hombre justo al que Satanás, en acuerdo con el Creador, sometió a todo tipo de dolorosas pruebas, alcanzan en la voz de Cruchaga Santa María una intensidad sólo posible en espíritus tan místicos como el suyo. 

En otro de sus libros, La ciudad invisible (1928), encontramos uno de los poemas más hermosos de este insigne creador, siempre enmarcado en el dolor y la tristeza, pero pleno de belleza y poesía, en "El amor junto al mar", leemos: "En mi silencio azul lleno de barcos sólo tu rostro vive. En el mar de la tarde el día duerme. Eres más bella cuando estoy más triste En mi desgracia largamente vivo Soy en el amor tan declarado como los continentes sumergidos" Jorge Luis Borges, el notable escritor argentino de alma enamorada, recitaba estos versos de memoria. 

Su palabra fue siempre clara, transparente. Más que hermético, como han dicho algunos críticos, fue íntimo y espiritual, con profundos acentos religiosos: "Tierra clara y sonora de los bosques profundos, sombra de Jesucristo desde el cielo tendida, suaviza tus montañas y tus mares jocundos, de las estrellas viene Jesús sobre la vida". No faltó, en todo caso, un momento para volver los ojos a la patria, en 1955 publicó Rostro de Chile: "En ti he nacido, frente a tu montaña y me persigue el corazón tu rostro. Tierra del indio con olor a lluvia, a hierba, a soledad, olor a sangre. Tierra con llanto montañés, teñido con el humo fragante de la ruca." 

Tal vez, su inclinación a lo místico y lo religioso no fuera casual, ¿Existe la predestinación en la poesía? Imposible saberlo, pero no hay en Chile un poeta cuyo nombre tuviera más correspondencia con su propia obra, ya que Cruchaga, en lengua vasca, significa 'lugar de la cruz'. Lo de Ángel y Santa María, es evidente. 

Este gran poeta olvidado falleció en Santiago el 5 de septiembre de 1964, 16 años después de recibir el Premio Nacional de Literatura.

prof. Benedicto González Vargas

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