sábado, 15 de julio de 2006

¡Atención pecadores, se nos acaba el Limbo!



Con una mezcla de estupor, espanto e indignación me he impuesto, a través del excelente suplemento literario Ñ de El Clarín de Argentina, que mi tocayo Benedicto XVI planea eliminar de un golpe el Limbo. Para ello, ha nombrado una comisión que se encargará de redactar su abolición.

Efectivamente, tal como lo leen. El Limbo, ese lugar hermoso al que íbamos a ir con toda certeza mi amigo Carlos Duarte, el suscrito y seguramente varios habitantes de la Tierra de Letras. Ese lugar donde se vive eternamente feliz, con una felicidad natural, porque el Buen Dios no admite que contemplen su rostro los que viven en el Limbo, pues aunque fueron buenos, no alcanzaron la gracia de la Redención y no podrán ganarla tampoco como sus aventajados compatriotas del Purgatorio que, aunque sufrientes, saben que van a por la gloria. 


Así como se lee. Yo me pregunto, ¿qué gestiones estará haciendo por allá por los cielos el inefable Santo Tomás de Aquino?, ya que él es uno de los pocos teólogos cristianos que explicó sobre este tema en sus libros. Claro, porque el conocimiento del Limbo viene desde la Edad Media y aunque el papa Inocencio III sólo fijó en el Concilio de Lyon (1274) el dogma de la existencia del Purgatorio, el Limbo ha sacado patente de lugar especial desde siempre, particularmente en la literatura. 

Ya dije que Tomás de Aquino habla de él, dice que allí van los bebés que han muerto no bautizados y todos los patriarcas hebreos del Antiguo Testamento (claro que éstos últimos, fueron llevados a la Gloria por el mismísimo Señor Jesucristo cuando pasó por las zonas bajas luego de su muerte y antes de su Resurrección). 

Nuestro amado Dante pobló este lugar de poetas como Virgilio, Homero, Horacio, Ovidio y de héroes como Héctor, Eneas y el musulmán Saladino. 

Ludovico Ariosto, el genial poeta italiano del Renacimiento, nos cuenta que el Caballero Astolfo visita el Limbo de la Luna. El gran Shakespeare usa, como sinónimo de cárcel, la expresión "el Limbo de los Padres", en tanto que John Milton dice que "el Paraíso de los Tontos" es como el Limbo. 

Un poeta menos conocido, Alexander Pope (s. XVIII), dice que el limbo contiene "la sonrisa de las prostitutas y las lágrimas de los herederos". Coleridge también nos habla del Limbo y lo ubica en un mundo entre real y onírico provocado por las pesadillas de un adicto al opio. 

En fin, podemos sumar y seguir, pero no viene al caso. Yo propongo que todos los que sospechemos que habremos de levantar casa en el Limbo, también incluyo aquí a otro amigo, al muy humanista JorgeLetralia, hagamos una protesta contra mi tocayo porque no puede, después de más de mil años de existencia, venirnos a eliminar el único lugar donde podríamos seguir escribiendo eternamente. 

Yo me pregunto. ¿Y si no nos mandan al Limbo, adónde entonces? Ése es el espanto, porque para asado de don Sata no sirvo y para ponerme a llorar en el purgatorio, tampoco. Finalmente, y a riesgo de que me tilden de hereje, es hora de que atinemos y exijamos una campaña ciudadana para salvar al Limbo y declararlo Patrimonio Cultural de la Humanidad. No puede ser que este gran lugar, que hasta tiene baile propio, el papa romano y alemán nos lo venga a quitar. 

Yo también me llamo Benedicto, también vivo en Roma (7207, su casa, amable lector) y me opongo a su desaparición. 

Bueno, ustedes sabrán si se quejan con su cura párroco, si le envían anónimos al Nuncio de Su Santidad o si buscan apoyo en alguna logia rosacruz, masónca, gnóstica o metafísica, de esas que tanto abundan en Venezuela. 

prof. Benedicto González Vargas

publicado originalmente en mi columna de Ciudad Letralia en julio de 2006 y en mi blog de Atinachile el 15 de julio de 2006

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