viernes, 2 de enero de 2004

¡Palabra que vale!


Diez poetas hacen su presentación en Palabra que vale, libro que ha querido recoger la maravillosa experiencia de creación literaria que motivó el I Concurso de Poesía para docentes y funcionarios del Liceo Alexander Fleming. En estos días en que la aldea global nos ha envuelto con su ritmo vertiginoso, es una experiencia casi mágica aproximarse a la intimidad de estos versos, con toda la esencia de sencilla grandeza que traslucen sus palabras.

Pocas ocasiones nos damos en la vida para hacer pactos imperecederos, lo distintivo de nuestra cultura post moderna es el cambio y la inestabilidad. He aquí una osadía: El Taller Literario Voces, formado por entusiastas alumnos del Liceo Alexander Fleming, ha invitado a la poesía a sus aulas y ésta, agradecida y sonriente, ha decidido quedarse en ellas para siempre, para ofrecer a raudales sus dones como bálsamo espiritual en medio de tantos afanes y trajines.


“Lágrimas inocentes”, es el primer trabajo de eta antología, en él, el hablante lírico es un ángel custodio que nos revela su angustia ante el futuro y la evolución de ese ser que le ha sido encomendado. Es un hermoso poema en que su autora, Susana Romero, logra hacernos vislumbrar toda su dulzura maternal.

En “Una montaña se mueve”, Ariela Mancilla nos hace compartir toda su ardiente y refinada sensualidad. Poemas breves, la pasión de la entrega y la ofrenda adquiere en ellos el ritmo de la danza del amor. Un merecido segundo lugar distingue a este trabajo.

Similar motivo es el que ocasiona los versos de Carlos Amigo en su poema “Sueño de amor”. Aquí la fuerza poética reside en la descripción, que va desde tomarse las manos, hasta la pasión sin límites, pasando por el delicioso rito de quitarse las ropas con ansiedad y lentitud a la vez. Claro que, en esta ocasión, el hablante lírico nos revela una experiencia onírica, aunque no por ello menos real.
Marcelo Clavero nos regala en su poema “Pensamiento”, toda la maravilla del amor paternal, la actitud apostrófica lírica le confiere a sus versos un destinatario que está antes que nosotros y que nos permite aproximarnos a la obra como a una escena, como si asistiéramos en calidad de testigos a este diálogo hermoso que tantos quisieran decir y que tan pocos logran expresar.

“La paz…sin número”, de Laura Montoya, es un poema perfecto. Justo vencedor en el concurso literario que nos ocupa, es una obra que equilibra, con inusual armonía, la síntesis y el análisis, la descripción y la sugerencia, lo lúdico y lo formal, lo real y lo imaginario. La autora logra hacernos participar de sus juegos y emociones, sumamos y restamos junto a ella, estiramos y comprimimos el número y, por qué no decirlo, vamos buscando nuestros propios números en nuestras más íntimas experiencias.

“Diosa del mar”, de Doris Chamorro, nos actualiza una experiencia más cotidiana de lo que nosotros pensamos ¡Cuántas mujeres van por el mundo seduciendo corazones, erguidas, hermosas, perfectas, pero con un vacío interior que precipita en ellas las más tristes lágrimas! De búsquedas y desencuentros, de esperanzas y desesperanzas, de eso está hecha la materia de estos abundantes y emotivos versos.

“Camino angosto, mirar hacia el amanecer”, así empieza el poema de Marcos Martínez. Ya desde ese momento nos empieza a declarar sus sentimientos. La angostura es siempre sinónimo de dificultades, en este caso, de amargura; pero el amanecer se levanta y por más obscura que sea la noche (esa negra noche del alma que no puede perdonarse a sí misma), llegará el amanecer que permitirá disfrutar del calor y las tibiezas de la luz.

Astrid Jerez levanta su voz en “¡Dicen que no estás aquí!”, para responder con la convicción propia de quienes conocen la Verdad a la falsedad de una afirmación. No es la muerte una experiencia definitiva, la Verdad y la Vida sólo residen en el corazón. Nadie puede conocer la cercanía o distancia entre dos seres; el cuerpo es solo apariencia, el alma es inmortal.

Dos obras de distinta factura nos regala Graciela Sánchez: la primera, de versos breves y sencillos es una hermosa respuesta a la eterna pregunta sobre qué es el amor. El segundo, “Amor perdido”, nos traslada a ambientes rurales, nos tiñe los versos de expresiones campesinas y nos comparte una historia de amores imposibles entre un humilde inquilino y su hermosa y coqueta patroncita.

“Entre el frío y el calor”, de Héctor Campos, logró, con innegables merecimientos, el tercer lugar. Poema extenso, el de mayor aliento que presentamos; tiene, sin embargo, un ritmo interno que aligera su encuentro con nosotros. Sus versos sencillos, sin rebuscamientos, nos transportan a la magia del encuentro entre dos seres y nos revela el secreto de que la primavera (que es alegría y plenitud de Dios), puede siempre florecer en el corazón.

Estos son, pues, los poemas que les invitamos a compartir. No hay en ellos gran despliegue de técnicas rebuscadas, ningún boato lingüístico, solo versos que fluyen desde la más propia intimidad y que, or distintos caminos, se aproximan a nuestro corazón y nuestra consciencia. Estos poemas son palabras de gran vitalidad, este libro es palabra viva, por eso es que vale.

¡Palabra que vale!


prof. Benedicto González Vargas

Para ver el libro completo en versión digital, pinche aquí

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