jueves, 4 de febrero de 2010

Diarios 1984 - 1989, de Sándor Márai

(por Luis Vargas Saavedra)

Sándor Márai, de la nada a la nada

Aunque estos diarios pudieran ser deprimentes al venir expresados por un hombre de ochenta y tantos años, medio ciego, exiliado de patria e idioma, único sobreviviente de sus coetáneos escritores, cuidador de su moribunda esposa, estremecido por la pérdida de sus hermanos y del hijo adoptivo; a pesar de toda esa cargazón de penurias, resultan fascinantes y exaltadores, gracias al humor acre, la sinceridad enjuta, la cultura admirable, la sobriedad emocional. Es decir, la recia índole de Sándor Márai.

Los temas podrían ser loteados en lo que le pasa a él, y en lo que les pasa a los demás. Y en lo suyo: su mente ante el mundo, la filosofía, la ciencia, la política, la literatura; y su cuerpo ante el dolor, la fatiga, la decadencia, con la muerte allegada: "No me opongo al hecho de irme, solo me inquieta el modo. No queda más que confiar en el destino".

Despojado de cariño y decepcionado de la literatura, ¿por qué prosigue escribiendo en su diario? Para mantener "relación con la realidad diaria". Para no aburrirse en la antesala de la muerte. Y por un hábito vital mínimo, como el del animal que va y viene machacando la estrechez de su jaula.

Presenciamos la atroz decadencia de Sándor y de Ilona, su querida señora. Ningún realismo truculento ni morboso. Plena sobriedad. Elegancia de la emoción sobria y, por ello, más fuerte que un alarido o una ostentación sentimental. En vez de anotar minucias, resume, y así traspasa. Los diarios se vuelven otra novela, que acompaña trágica y misteriosamente, mes a mes, el último encuentro con la amada que se va yendo. "Qué lento muero". Esa frase suya le penará al viudo que se consolará con las palabras que en sueños le escucha.

"A las cuatro de la madrugada suena el 'teléfono rojo'. La voz me habla durante largo rato, melodiosa y fragante como una flor. No puede parar. A oscuras en la habitación la escucho con el temor de que súbitamente se interrumpa y algo le impida decirlo todo. ese 'todo' es una larga declaración de amor, la misma que he estado esperando durante sesenta y dos años porque, por un motivo u otro, siempre evitábamos el tema. Y es que en la vida no se puede hablar según que, solo una vez muertos...Me cuenta cuánto me amó, que sólo me quiso a mí, que me amó profundamente durante sesenta y dos años...Soy yo el que habla, o es ella? Al amanecer comienza a tartamudear, se limita a repetir dos o tres palabras, siempre las mismas como un disco rayado que sigue girando y reproduciendo lo mismo. La declaración ha llegado a su fin, una experiencia más.

Los estoicos romanos vivían y morían así. Pero ellos tenían sus dioses y su más allá. Márai, no.

Artes y Letras, 5 de abril de 2009.

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