Según la tapa del libro, dos campos que cosecharle: un Prólogo de Guillermo Cabrera Infante y los dos Diarios de José Martí.
Previo, suponer que un diario de viaje en circunstancias bélicas, por una cuba escindida contra el Imperio español, será explicado con detalle y esmero, permitiéndonos acompañar al poeta patriota en su romería fatal. Dando por sentado, además, que ello será espléndidamente prologado por un cubano que, además, se llama Cabrera Infante. Estas son las expectativas. Veamos cuánto las cumple.
Cabrera Infante no se hace a un lado sino que desplaza al magno Martí. Descortesía narcisística: contarnos cómo se le tatuó Martí en la psiquis; eso quedaría espléndido en otro libro, entero por y sobre Cabrera Infante.
De Martí nos da clichés: que el escritor vive o sobrevive en su prosa, que se lee más que a Unamuno y a Ortega (afirmación antipática y dudosa), que Martí fue una mixtura de flor y mauser, avalado en Gabriela Mistral, quien sí ha prodigado calamientos intuitivos en ese hombre y en el estilo de tal hombre. Por último, fatiga la afirmación unánime de que Martí no debió haber muerto batallando.
Nada de esto nos apertrecha para la expedición del Diario. Sí apuntala para el Diario de la Expedición. Con eso Cabrera Infante satisface lo que de él cabría esperar: un comentario de cómo están escritos estos diarios. Señala la portentosa destreza verbal martiana. Nos alerta a apreciarle la rápida y urgida acuñación de impresiones, el poeta va a caballo a la guerra.
Martí adentro, constataremos una prosa de campamento hecho y deshecho, casi una telegrafía que roza el Morse, pero que nunca se vuelve chino. Martí es siempre inteligible. Y aunque el diario no tiene (no intenta) aventureos, cada frase convida sorpresas de léxico, novedades de sintaxis, prodigios de sensibilidad. Y diálogos verbatim y retratos a lo flash y botánicas en contrapunto con la soldadesca y decisiones trascendentales y el latido mismo de la emanación que están cuajando.
Pero ¿interesa a cualquier lector, atrapa al no cubano, conmueve al no fervoroso del "Apóstol"?
Lo mejor es copiarle algunos momentos y que cada cual juzgue:
"Oigo un ruido, en la calle llena de sol del domingo, un ruido de ola, y me parece saber lo que es. ¡Es! Es el fustán almidonado de una negra que pasa triunfante, quemando con los ojos, con su bata limpia de calicó morado oscuro y la manta por los hombros. La haitiana tiene piernas de ciervo. El talle natural y flexible de la dominicana de ritmo y poder a la fealdad más infeliz. La forma de la mujer es conyugal y cadenciosa".
"A la prisión entró Guillermo sano, y salió de ella delgado, caído, echando sangre en cuajos a cada tos. Un día, en la marcha, se sentó en el camino, con la mano en la frente: 'me duele el cerebro'; y echó a chorros la sangre en cuajos rojos. 'Estos son de la pulmonía', decía luego Guillermo, revolviéndolos; 'y, estos, los negros, son de la espalda'. Zefí cuenta, y Gómez, de la fortaleza de Moncada. 'Un día -dice- lo hirieron en la rodilla, y se le montó un hueso sobre el otro, así' y se puso al pecho un brazo sobre otro: 'no se podía poner los huesos en lugar, y entonces, por debajo de los brazos, lo colgamos, en aquel rancho más alto que éste, y yo me abracé a sus piernas, y con todas mis fuerzas me dejé descolgar, y el hueso volvió a su puesto, y el hombre no dijo palabra".
Una vez leídos los Diarios, descubro que el libro esconde al final un imprescindible Glosario y además rezaga lo que debió ir de oportuno acceso: una eficaz "Cronología, compuesta de Vida, Epistolario y Comentarios, todos concéntricos a Martí. Ha sido armada por Enrico Mario Santi (cuya ecuánime edición crítica del Canto General, de Neruda es un ejemplo mayor de ese mismo profesionalismo). El sí nos aporta la indispensable preparación para ir con Martí desde Nueva York a Dos Ríos, la cual debiera haberse colocado junto con el índice, al comienzo del libro, dejando para colofón el prólogo de Cabrera Infante.
Que un balazo cesara el chorro vital de Martí, hace más trágicas estas páginas. Persona así, de fina y recia, estoica y hedonista, hombre y niño, poeta y prosista, debió haber sido un Matusalén para darnos una obra que hubiera llegado a ser ¿cuán formidable? Nunca lo sabremos, y hemos quedado robados de ella, como de los inexistentes libros de un Rimbaud sexagenario.
Publicado por primera vez en Revista de Libros, de El Mercurio, el 11 de marzo de 1990.
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