(por Hernán Poblete Varas)
"Nous irons á Valparaiso", dice una antigua canción marinera y francesa. Pues, Valparaíso, "Pancho", era, y quizás lo sea todavía, un destino para el navegante, un punto crucial en la Rosa de los Vientos. No hay una sola manera de mirarlo: Puerto de nostalgia para Salvador Reyes, ciudad de viento para Joaquín Edwards Bello. Y algún otro lo llamó ciudad de las estatuas errantes o peregrinas. Gran verdad: en pocos lugares del mundo viajan tanto las estatuas y jamás sabe uno dónde va a encontrar la que ayer estaba ahí. Recuerdo, en mis años de colegial, al pobre Francisco Bilbao, vagando de plaza en plaza hasta que fue a dar a la de la Aduana, de espaldas en el pavimento, con su brazo enhiesto apuntando al cielo y en el dedo índice una gentil gaviota descansando de sus cacerías.
Pero los cerros, los ascensores, las casas equilibristas son su rostro característico menos olvidable. Perderse en los vericuetos de los cerros que cambian de nombre a cada quebrada es una aventura que invita a pensar que el realismo mágico nació allí y no en otro sitio.
Manuel Peña Muñoz -nacido en esos cerros-reunió en este libro sus escritos porteños como parte de la campaña destinada a que la Unesco declare a Valparaíso "Patrimonio de la humanidad". ¡No faltaba más! Valparaíso ya lo es por si mismo y propio derecho y sólo espera el reconocimiento oficial que tal vez logre salvar lo que queda de esta ciudad que se va yendo de a poco. Le deseamos éxito, ex abundantis cordis. Se lo merece por sólo ese propósito, pero además por todo lo que estas páginas recobran y por todos los recuerdos que ellas resucitan. Por ejemplo, los olfativos: al Café Vienés había que olerlo. Apenas traspasaba uno las puertas, todas las virtudes de la pastelería y del café auténtico, lo asaltaban, lo empujaban hacia las pequeñas mesas, sus cristales y sus platerías. Tal vez se le olvidó el restaurante del Mónico, refugio a la hora de almuerzo, de leguleyos, oficinistas, amén de intelectuales de buen diente. Acaso el primero en que las cocinas y sus resultados estaban a la vista y a las narices del cliente.
Y los otros, los de la mirada que se estrella en las encrucijadas sobre el árbol paradógico que crece no se sabe dónde o los paseos y sus luminosas perspectivas sobre el puerto y el mar.
Están, por añadidura, las familias y los personajes: esos "gringos" del Cerro Alegre, esas señoras alemanas sentadas al piano. Y los viejos comerciantes y sus tiendas que llenaron nuestra infancia de curiosidad.
Manuel Peña escribe a rienda suelta, sin preocuparse mucho del estilo, como si el viento porteño lo condujera apresuradamente hacia el final de la frase o del párrafo. En medio quedan las descuidadas reiteraciones, las infaltables erratas en que parecen expertas nuestras editoriales. Y también algunas notas que no sabemos si atribuir a cierta forma de humor paródico, como esa "Rapsodia húngara número 2 de Chopin" (página 97), extraño caso de transposición musical o aquel "presidente Pérez Rosales" (página 149), que nos evoca las ambiciones , pero no los resultados del visionario don Vicente, ese "escenificar las escenas del calvario" (página 324) como si no existieran los útiles sinónimos.
Qué le vamos a hacer. Pero con todo, ocurre que esto de soñar Valparaíso es grato afán, y hay que agradecerle al autor cuanto nos entrega de anécdotas y de vida.
Artículo publicado originalmente el 11 de marzo de 2000 por Revista de Libros N° 566, de El Mercurio
GRACIAS POR PINCHAR LA PUBLICIDAD O DONAR EN ESTE BLOG
