domingo, 11 de septiembre de 2005

32 años después

Hace 32 años por estas fechas yo era un niño que cursaba el segundo básico en un colegio de monjas. Tenía 8 años. Tengo vagos recuerdos de que los grandes pasaban por momentos difíciles y de que las cosas que ocurrían no eran del gusto de todos.

 

Con los años, conocí algunas verdades oficiales y extraoficiales, lo que equivale, por supuesto, a conocer también mentiras oficiales y extraoficiales.

Así que me encuentro reconstruyendo mi imagen de la historia, mi propia historia si se quiere o la explicación personal de los hechos que dividieron tan profundamente a mi país y cuyas marcas, 32 años después, aún no se borran.

En septiembre de 1964 —un año antes de mi nacimiento— la Democracia Cristiana llegaba por primera vez al poder con el arrollador triunfo de Eduardo Frei Montalva quien, apoyado a última hora por la Derecha, se impuso por amplio margen al doctor Salvador Allende. Frei logró el triunfo debido, en gran parte, a una nunca vista campaña del terror respecto de los efectos devastadores que tendría para Chile la llegada del marxismo representado por Allende. La soberbia democratacristiana llegó a decir que iniciaban un gobierno que duraría más de 30 años. A la primera de cambio, perdieron el poder.

En septiembre de 1970, el ex presidente derechista Jorge Alessandri y el sempiterno Allende llegaban con la primera opción a la elección presidencial. Lejos, muy atrás, el democratacristiano Radomiro Tomic. El anciano líder derechista iba ganando la carrera, pero la acertada imagen de un camarógrafo mostró en una entrevista cómo una de sus manos temblaba involuntariamente. Fue suficiente. Allende subió como una tromba. Allende resultó imparable.

Una cosa siempre he admirado de Salvador Allende: su verbo encendido. Su oratoria de fuego. Esa capacidad innata de seducir a través de la palabra. Su peculiar forma de decir las cosas, pintando mundos ideales y convocando voluntades. Cuatro veces postuló a la Presidencia de Chile; en la última ocasión, el precandidato comunista, Pablo Neruda, declinó su opción a favor de su amigo socialista y ellos dos escribieron, en esos tres años intensos, páginas inolvidables de nuestra historia.

Neruda trepó hasta las alturas del Nóbel. Allende trepó hasta el Palacio de La Moneda y, ungido como presidente de Chile, saltó a la historia en un acto de heroísmo personal que lo han convertido en leyenda y, para muchos, en ejemplo.

Ese 4 de septiembre de 1970 no alcanzó la votación requerida para lograr la mayoría absoluta, pero se puso en primer lugar con 30.000 votos —estrecho margen— por sobre el viejo patriarca derechista. Fue suficiente. La Democracia Cristiana, poderosa en el Parlamento, le otorgó su apoyo y lo llevó al poder. No sin que antes empezara a teñirse de rojo nuestra historia, pues grupos de extrema derecha asesinaron al comandante en Jefe del Ejército, general René Schneider, en un vano intento por impedir la llegada de Allende a La Moneda.

Inició pues el doctor Allende, el hermano masón Allende, el compañero Allende, su “revolución con sabor a empanadas y vino tinto”, como él la definió. La inició con esas “40 medidas” que constituyeron su programa de gobierno y que llenaron de ilusión a las clases populares y de terror a las clases económicamente más pudientes. La inició, sin embargo, en medio de la peor consejera que podía tener su coalición: la soberbia. Los partidos de la Unidad Popular (Comunista, Socialista, Radical, Acción Popular Unitaria, Izquierda Cristiana y otros grupos menores) fueron demasiado sordos a la prudencia y, como ya han reconocido muchas veces sus ya viejos líderes, cometieron errores que llevaron a una polarización tal que el país se detuvo, la producción se estancó y por doquier las huelgas, las protestas y los paros, los enfrentamientos entre facciones rivales y la sordera política nos fueron llevando a puntos irreconciliables (no nos olvidemos de que la Guerra Fría de la época, que enfrentaba a Estados Unidos y a la Unión Soviética, tampoco fue inocente de nuestras desdichas). No tengo por qué creer que es falso lo que dijo la Corte Suprema: que el gobierno se había puesto al margen de la ley. No tengo por qué pensar que la Democracia Cristiana (hoy aliada de sus antiguos adversarios) faltó a la verdad al unirse a la Derecha y atacar sin compasión a Allende. No tengo razones para creer que la Unidad Popular no fue víctima del complotaje de grupos al interior de Chile y de la poderosa CIA americana. En realidad, este lío mayúsculo, este enfrentamiento enorme, este río revuelto y vuelto a revolver sólo podía tener salida a sangre y fuego.

En 1973 se empezó a hablar de guerra civil. Pese a que sólo tenía ocho años recuerdo al senador comunista Volodia Teitelboim (notable escritor, Premio Nacional de Literatura), hacer un llamado a la paz. Recuerdo también cómo algunos llamaban a las Fuerzas Armadas a intervenir para evitar una guerra civil y mayores dolores a la patria. Pero el destino de los hombres juega con ellos de manera inusitada. La renuncia voluntaria del comandante en Jefe del Ejército, cercano a Allende, general Carlos Prats, puso a la principal institución castrense en las manos de un general casi desconocido, de escasa presencia, para algunos brillante (profesor de estrategia militar en la Academia de Guerra), para otros mediocre (había cultivado un bajísimo perfil). Fue el propio Allende quien nombró a Pinochet. Fue Pinochet quien juró defender la Constitución y las leyes.

Antes de que pasaran dos meses de dicho nombramiento, Pinochet y otros tres altos jefes militares (Merino, comandante en Jefe de la Armada), Leigh, por la Fuerza Aérea, y Mendoza (un gran deportista que en su juventud le dio una medalla de plata a Chile en los Juegos Olímpicos), por los carabineros. Se constituyeron en Junta Militar y derrocaron al gobierno constitucional de Allende.

La imagen de aquella hora dramática, que para algunos es la imagen de la salvación de Chile y para otros, la del triunfo de la traición y el inicio de la época más oscura de nuestra vida republicana, quedó grabada a fuego —literalmente— en todos los que vivimos aquellos acontecimientos. Aunque tuvieran como yo, sólo ocho años: La Moneda incendiándose. El Palacio de Gobierno siendo atacado por aire por aviones de guerra de nuestro propia aviación, por pilotos chilenos que demostraron su perfecta preparación para el combate (pese a estar en medio de la ciudad, el bombardeo fue tan exacto que ni un solo cohete impactó a los edificios vecinos) y su sangre fría. Todavía hoy me pregunto, ¿qué sentirá un soldado, preparado para defender a su patria, al tener que hacer puntería a un edificio coronado por el propio emblema nacional? Hay otra imagen dramática. Es una imagen acústica. Es la voz serena y tranquila del Presidente haciendo su discurso por radio minutos antes de la derrota y de la muerte. ¡Qué pieza de oratoria tan conmovedora! Permítanme decirlo: poesía pura. Tragedia griega. Épica medieval y todo junto. Cada vez que puedo digo a mis alumnos que el último discurso de Allende es una pieza literaria que nadie debe excusarse de conocer. No importa si es de derecha o de izquierda. No importa la imagen que se haya creado de ese período. El último discurso de Allende es un monumento precioso de la dignidad ante la adversidad y de la ética de quien cree justas sus propias convicciones y motivaciones, más allá del juicio que otros tengan de ellas.
Hoy, a mis cuarenta años de edad, no soy —y nunca he sido— partidario de las ideas de Allende. Pero la historia de mi vida, no la que está escrita en los libros del gobierno militar, ni tampoco las apologías de la vuelta a la democracia. La biografía propia que me he ido forjando a través de la experiencia y mis estudios, me asoman a la ventana de un Allende que, tal vez, no fue el gran presidente que vociferan algunos, pero eso no importa. Declaro, convencido, que fue un hombre cuya vida estuvo siempre alumbrada por un ideal superior, un hombre que más allá de los dolores y miserias humanas, fue consecuente con su propia historia, con sus ideales, con sus anhelos. Su muerte lo agiganta en las dimensiones históricas porque dio con ello una lección de consecuencia.

Al revisar su historia, me encuentro con un médico notable, un ministro eficiente, un senador inolvidable, un hombre simpático y culto, un masón que prefería dejar su partido, pero no la logia, porque la consecuencia íntima y moral que era su norte, impedía cualquier asomo de restricción a las libertades propias y ajenas.
Hoy en día, cuando el anciano Pinochet, enfermo y abandonado, no puede explicar el origen de sus millonarias cuentas. Cuando se han descubiertos los horrores cometidos contra personas, si no inocentes, al menos indefensas. Cuando las ideas políticas de Allende yacen sepultadas en casi todo el mundo. Cuando los socialistas chilenos son más liberales que los adversarios que tuvo el compañero Presidente. Cuando las ideas económicas implementadas por Pinochet para levantar la economía nacional son seguidas a pie juntillas por la actual concertación gobernante (que reúne a socialistas, radicales y democratacristianos). Ahora, a los 32 años del 11 de septiembre de 1973. A los 40 años de mi vida. Desde la vereda política del frente o, tal vez, desde ninguna vereda política, saludo en homenaje a Salvador Allende Gossens, como a un ser humano cuyas muchas luces seguirán brillando y cuyas sombras ya perdonó la historia.

No puedo terminar estas palabras sin invitar a todos a leer las que fueron sus últimas. Sólo por ellas, yo le concedería póstumamente el Premio Nacional de Literatura. Sólo por ellas, debería estar siempre presente en nuestra Letralia:

Último discurso de Salvador Allende Gossens
 
Trabajadores de Chile:

 Les habla el Presidente de la República. Las noticias que tenemos hasta estos instantes nos revelan la existencia de una insurrección de la Marina en la provincia de Valparaíso. He ordenado que las tropas del Ejército se dirijan a Valparaíso para sofocar este intento golpista. Deben esperar las instrucciones que emanan de la Presidencia. Tengan la seguridad de que el Presidente permanecerá en el Palacio de La Moneda defendiendo el gobierno de los trabajadores. Tengan la certeza de que haré respetar la voluntad del pueblo que me entregara el mando de la nación hasta el 4 de noviembre de 1976. Deben permanecer atentos en sus sitios de trabajo a la espera de mis informaciones. Las fuerzas leales respetando el juramento hecho a las autoridades, junto a los trabajadores organizados, aplastarán el golpe fascista que amenaza a la Patria.

Compañeros que me escuchan:

La situación es crítica, hacemos frente a un golpe de Estado en que participa la mayoría de las Fuerzas Armadas. En esta hora aciaga quiero recordarles algunas de mis palabras dichas el año 1971, se las digo con calma, con absoluta tranquilidad, yo no tengo pasta de apóstol ni de mesías. No tengo condiciones de mártir, soy un luchador social que cumple una tarea que el pueblo me ha dado. Pero que lo entiendan aquellos que quieren retrotraer la historia y desconocer la voluntad mayoritaria de Chile; sin tener carne de mártir, no daré un paso atrás. Que lo sepan, que lo oigan, que se lo graben profundamente: dejaré La Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera, defenderé esta revolución chilena y defenderé el gobierno porque es el mandato que el pueblo me ha entregado. No tengo otra alternativa. Sólo acribillándome a balazos podrán impedir la voluntad que es hacer cumplir el programa del pueblo. Si me asesinan, el pueblo seguirá su ruta, seguirá el camino con la diferencia quizás que las cosas serán mucho más duras, mucho más violentas, porque será una lección objetiva muy clara para las masas de que esta gente no se detiene ante nada. Yo tenía contabilizada esta posibilidad, no la ofrezco ni la facilito. El proceso social no va a desaparecer porque desaparece un dirigente. Podrá demorarse, podrá prolongarse, pero a la postre no podrá detenerse. Compañeros, permanezcan atentos a las informaciones en sus sitios de trabajo, que el compañero Presidente no abandonará a su pueblo ni su sitio de trabajo. Permaneceré aquí en La Moneda inclusive a costa de mi propia vida.

En estos momentos pasan los aviones. Es posible que nos acribillen. Pero que sepan que aquí estamos, por lo menos con nuestro ejemplo, que en este país hay hombres que saben cumplir con la obligación que tienen. Yo lo haré por mandato del pueblo y por mandato consciente de un Presidente que tiene la dignidad del cargo entregado por su pueblo en elecciones libres y democráticas. En nombre de los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la Patria, los llamo a ustedes para decirles que tengan fe. La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un momento duro y difícil: es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de una vida mejor.

Pagaré con mi vida la defensa de los principios que son caros a esta Patria. Caerá un baldón sobre aquellos que han vulnerado sus compromisos, faltando a su palabra... rota la doctrina de las Fuerzas Armadas.

El pueblo debe estar alerta y vigilante. No debe dejarse provocar, ni debe dejarse masacrar, pero también debe defender sus conquistas. Debe defender el derecho a construir con su esfuerzo una vida digna y mejor.

Seguramente ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción. Que sean ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron: soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino, que se ha autodesignado comandante de la Armada, más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al gobierno, y que también se ha autodenominado director general de Carabineros. Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

Trabajadores de mi Patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara el general Schneider y reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegiosMe dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la abuela que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas que siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clases para defender también las ventajas de una sociedad capitalista de unos pocos.

Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo los oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará.

Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria.

El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.

Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores.

Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.


prof. Benedicto González Vargas 
Publicado originalmente en Letralia N° 129 el 5 de septiembre de 2005.

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