jueves, 28 de julio de 2016

Martín y yo, de Luis Céléry Fernández

Pocas veces se tiene la oportunidad de comentar un libro cuyo acceso es restringido, casi íntimo, porque la intencionalidad última de su escritura no es constituirse en un ejercicio literario o en un documento histórico, sino que instalarse en la memoria afectiva de un núcleo familiar, dando testimonio de un amor entrañable y de una pérdida inconmensurable. De hecho, he tenido dudas al escribir este artículo, respecto de si no estaré rompiendo, sin pretenderlo, una intimidad que no tengo derecho a penetrar, pero a la vez, la gentileza tenida conmigo al ser uno de los receptores del texto y, sobre todo, la profunda conmoción vital que dicha lectura me generó, espero que sirvan como excusa para esta intromisión y para este comentario.



Para contextualizar a mis lectores, debo contar primero la triste historia: Martín Célèry Halabi, un joven chileno de 18 años, que había viajado a Nueva Zelandia a conocer mundo, a madurar y, sobre todo, a perfeccionar su inglés, mientras se encontraba tomando fotografías y admirando la belleza de la cascada The Bowen Waterfalls, en dicho país de Oceanía, resbaló y cayó desde 161 metros de altura. El sábado 17 de agosto de 2013, a las 7 de la mañana, su madre Mónica Halabí, recibió la llamada telefónica que nunca ninguna madre quisiera tener: Martín ya no estaba y la vida de toda una familia, había cambiado para siempre.

El libro que comento es la recopilación de documentos, cartas, conversaciones, archivos de prensa, publicaciones en redes  sociales, poemas y una serie de  textos que van configurando no solo la biografía personal de Martín, sino que, fundamentalmente, su fisonomía afectiva, su personalidad, la imagen que proyectaba entre sus familiares y amigos, sus gustos, sus intenciones, sus sueños...Abundantes imágenes fotográficas lo retratan en distintos momentos y lugares y lo constituyen a él como un único hilo conductor de una serie de textos dispersos, de distintas características y géneros que configuran una suerte de reportaje en vías de ser escrito, que se va configurando por retazos, en la medida en que avanzamos en la lectura de este libro impresionante, más por su peso afectivo y su intención evocadora y catártica, más que por su estilo o su intencionalidad literaria.

Muchos pensarán, ¿qué sentido tiene comentar un libro cuyo autor no pretende que circule comercialmente? o bien ¿qué sentido tiene comentar algo respecto de lo cual casi ninguno de mis lectores podrá siquiera hojear alguna vez? Muy cierto, parece un despropósito, puesto que su estricta intimidad debiera inhibir cualquier comentario público...sin embargo, creo que estas palabras deben servir para canalizar la admiración que siempre tenemos ante una familia que ha sufrido un golpe tan duro y del que, seguramente, nunca podrán decir que ha sido superado. Deben servir también como homenaje a un joven que, como dice el relato, se las rebuscó y peló el ajo para poder despertar... Hay mucho de ejemplar en esta historia. Hay mucho de esa sabiduría que se nutre de la experiencia y que se templa en el dolor; don Luis  Célèry, el constructor de este texto, nos va dejando en cada página una reflexión, un consejo, una enseñanza y, por sobre todo, la transmisión plena de afecto de lo que siente un padre de familia cuando el destino golpea tan duro que se termina llevando a un hijo en el despertar de su madurez.  

A través de estas palabras, mis lectores en cualquier parte del mundo donde reciban este apretado comentario, podrán sentirse motivados a conocer esta historia. Abundantes notas de prensa en la red global permiten reconstituir algunos momentos y acceder, aunque sea tangencialmente, a esta historia. Hacerlo, es rendir un homenaje, encender un cirio, a la memoria de Martín.

Luis Célèry hace algo que tiene un mérito incalculable. A través de este libro resguarda para las futuras generaciones de su familia, no solo la historia, sino que también la imagen y las palabras de Martín. Cuando mi joven estudiante de segundo año de secundaria, Julián Célèry Halabí, sea un anciano rodeado de nietos y cuando tal vez, quién sabe, los libros de papel hayan cedido el espacio en forma definitiva a los textos digitales, él podrá sacar de entre sus recuerdos más preciados este texto y agradecer a ambos, a Luis y a Martín, por haberlo escrito. Y por extensión a toda una familia que lo recordará hasta el último miembro de su estirpe. Los antiguos egipcios pensaban que el nombre de una persona era muy importante y se cuidaban muy bien de anotar muchas veces los nombres de aquellas personas inolvidables. Por el contrario, aquellos cuya memoria no merecía ser recordada, eran borrados de los registros, aún si hubieran ostentado el alto grado de faraón o sumo pontífice. ¿La razon de esta costumbre? Una creencia maravillosa...si se menciona el nombre de un difunto cuyo recuerdo es agradable, su alma revive unos segundos en el más allá. Si se lo menciona muchas veces, otras tantas revivirá. Con este libro, Luis Célèry Fernández le ha otorgado a su hijo Martín otra vida. Ya le dio vida física al engendrarlo. Ahora lo hace inmortal al evocarlo.

Gracias, Julián, por permitirme acceder a esta historia, bella y triste, y por regalarme un libro que estará siempre en mi biblioteca personal y que, a través de ella, abrirá otra vía para que la imagen de tu hermano no desaparezca nunca de la faz de la Tierra.

prof. Benedicto González Vargas 


2 comentarios:

  1. Patricia Briones González Gracias Bene por compartir esta este comentario. Es una historia emocionante
    31 de julio de 2016 a las 14:27

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    1. Gracias, Patty, por tus palabras. Soy yo quien agradece a Julián el haberme facilitado conocer esta historia.

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