Muchas veces me encuentro con estudiantes de los últimos cursos de la educación secundaria que reconocen no tener hábitos de estudio y, a esa edad, ya se les hace difícil -aunque no imposible- adquirirlos. Por eso siempre he pensado que hay una etapa en la niñez que la adquisición de estos hábitos es natural, interesante (porque entra en estimulador diálogo con la curiosidad infantil) y relativamente fácil de alcanzar, pero para ello requiere de una activa participación de los padres.
En efecto, Los adultos deben acompañar y supervisar a los niños mientran hacen su tarea, pero nunca deben intervenir en ella, nunca deben hacérsela, porque con ello no están construyendo un hábito sino que, peor aún, están obstaculizando la creación de éste.
No es un misterio para nadie que los programas de estudio oficiales suelen centrarse en los contenidos académicos, los objetivos curriculares, las formas de evaluación y otros varios elementos relativos a los contenidos y su gestión en el aula. También es sabido que cada día es más importante para las instituciones educativas desarrollar acciones e intervenir en las situaciones de convivencia escolar. No hacerlo a tiempo equivale, muchas veces a sanciones por parte de los organismos de control, especialmente el Mineduc; a decisiones judiciales que terminan perjudicando económicamente a los establecimientos educacionales al comprobarse cierta negligencia en el control de una convivencia escolar adecuada o dejación en la intervención de casos de agresividad y, por cierto, también equivale a quedar en el ojo el huracán para la opinión pública que siempre terminará siendo muy crítica al respecto, sin embargo, me pregunto, ¿Alguien ha entregado a las instituciones educativas algún programa de educación emocional que ayude a éstas a enfrentar estos conflictos, potencialmente peligrosos y, que de producirse, acarrearán de seguro las sanciones ya esbozadas más arriba.





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