sábado, 26 de septiembre de 2026

Gerard Smyth, el poeta-ciudad irlandés


 Nacido en 1951 en Dublín, la capital de Irlanda, Smyth es uno de los más destacados poetas de esa nación, Michael Harnett, otro gran poeta irlandés, dijo que Smyth "es un poeta-ciudad; lírico, apasionado, puede hacer por Dublín en verso lo que Joyce hizo por él en prosa". Algo similar afirmó el juarado de la universidad de Saint Thomas en Minessota cuando le otorgó el Premio O'Shaughnessy, diciendo de él que es "inescapablemente un poeta de la ciudad interna. Su ciudad es aquella en la que cada día llega como noticia: una ciudad de historias interminables, de calles y barrios ricos en asociaciones, y una ciudad de primeros recuerdos. Él nos da una ciudad de objetos encontrados y conexiones encontradas ... "

Larga es la lista de obras publicadas por Smyth, un poeta cabal y prestigioso que vale la pena conocer: Acá anotamos algunas de ellas: 

  • Las Banderas Son Tranquilas, New Writers’ Press, 1969.
  • Veinte poemas, New Writers’ Press, 1970.
  • Orquesta de silencio, Gallery Press, 1971.
  • Mundo Sin Fin, New Writers Press, 1977.
  • Pérdida y ganancia, Raven Arts Press, 1981.
  • Pintura de las rosas rosas negras, Dedalus Press, 1986.
  • Durmiente, Dedalus Press, 2002.
  • Un nuevo tenancy, Dedalus Press, 2004.
  • La tienda del espejo, Dedalus Press, 2007.
  • Después de Pascua, edición limitada de The Salvage Press, 2014.
  • La plenitud del tiempo: poemas nuevos y seleccionados, Dedalus Press, 2010.
  • Nos gusta estar aquí, junto al río, The Salvage Press, 2014.
  • Una canción de Elsewhere, Dedalus Press, 2014, Solstice Arts Centre, 2017.
  • El río Amarillo, Centro de Artes del Solsticio, 2017.
  • Los domingos de la eternidad,  Dedalus Press, 2020.
  • En esta ocasión quiero compartir con ustedes el hallazgo de algunos bellos poemas de Smyth traducidos al español por Gerardo Giambolini:

    La vida solitaria

    Entraba allí

    como si entrara al Templo de Salomón

    o a un monasterio del Tíbet de adoración silenciosa.

     

    Me escondí allí, no una vez sino muchas

    pasando una mañana

    en el panteón de la retórica

    o una tarde de primavera

    volviendo las páginas que traían una historia

    de guerra y paz, de crimen y castigo.

    Era el Amherest de Emily,

    la itaca de Homero.

     

    En la mesa de lectura,

    como una fantástica herencia

    los libros que un fósforo podría quemar

    y convertir en cenizas,

    llenos de ficciones,

    llenos de fábulas, llenos de los trabajos

    de la vida solitaria.

     

    Canción marinera

    El padre de mi padre,

    famoso por lo bien que conocía las estrellas

    añoraba con nostalgia

    los nudos de cabo, las cadenas de ancla,

    arribar al puerto desde las pasturas noctunas

    del océano. Lo que más amaba

    eran las luces de la costa,

    las ciudades ribereñas emanando humo

    en el húmedo noviembre.

     

    El padre de mi padre

    conocía el mar por lo que era: 

    un auténtico bastardo sonriendo en la oscuridad,

    llenando los bolsillos abultados

    del capitán de puerto.

    Al levantarse de su litera

    un sexto sentido le decía que no confiara

    en la calma absoluta de las albas que se velan

    como el primer día del mundo.

     

    Después de muchos años

     

    Después de muchos años paso por la casa

    en que nací.

    Una casa de recuerdos guardados en cajones.

     

    El techo derruido, los pisos a punto de caer.

    En el vestíbulo estigio sólo el silencio dejado

    por la ida del último inquilino.

     

    Mil novecientos cuarenta y nueve.

    El dueño sube tres tramos de escalera

    para cobrar la renta.

     

    Mi padre en la ventana,

    borrosa por el polvo, lee su diario de la tarde

    o Los cañones de Navarone 

     

    Sentado hasta que es hora

    de peinarse el cabello y salir a la calle

    con su sombrero y su abrigo y su pañuelo planchado.

     

    Rendición

    Tu viejo vestido de chiffón

    cuelga como el vestido de Emily Dickinson

    triste y desdichado en el cuarto de fondo

     

    Un cuarto al que rara vez entramos.

    Evoca recuerdos de una noche en los conciertos

    un día en Ravenna.

     

    Ahí consignamos   

    a la pila de trapos y el revoltijo de cosas

    tu ropa elegante, mi traje de tweed

    grueso como una armadura.

     

    Ahí en el armario con parches de madera

    está el sombrero de paja.

    de tantos viajes, el ala estropeada,

    y la chaqueta suelta, quw perdió algunos botones;

    en otro tiempo de moda,

    ahora anticuada como el echarpe de Arán

    o la camisa con vuelos, deshilachada lo mismo

    que una bandeja de rendición.

     

    La nueva ciudad

    La nueva ciudad se alza donde el agua es el elemento,
    donde la luz de los barcos horadaba la niebla 
    y las pasarelas se volvían tablones podridos. 
    La nueva ciudad nace donde cayeron los viejos lugares: 
    las tabernas donde se pasaban los permisos en tierra, 
    el muelle de carga donde los estibadores izaban 
    el carbón de las minas de Polonia, 
    donde las gaviotas del río entonaban himnos de gratitud 
    por lo que el río les ofrecía directamente desde su desembocadura. 
    Han desaparecido los senderos que recorrían los amantes, 
    senderos que eran el atajo a casa para aquellas ancianas 
    que vivieron lo suficiente para ver 
    cómo Lord Nelson era derribado de su pedestal. 
    Aquí abajo es el final del camino, 
    donde la ruta renace como el agua perenne del río, 
    que nunca se detiene, sino que avanza como cualquier vagabundo.

      

     

         

     

     

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