Nacido en 1951 en Dublín, la capital de Irlanda, Smyth es uno de los más destacados poetas de esa nación, Michael Harnett, otro gran poeta irlandés, dijo que Smyth "es un poeta-ciudad; lírico, apasionado, puede hacer por Dublín en verso lo que Joyce hizo por él en prosa". Algo similar afirmó el juarado de la universidad de Saint Thomas en Minessota cuando le otorgó el Premio O'Shaughnessy, diciendo de él que es "inescapablemente un poeta de la ciudad interna. Su ciudad es aquella en la que cada día llega como noticia: una ciudad de historias interminables, de calles y barrios ricos en asociaciones, y una ciudad de primeros recuerdos. Él nos da una ciudad de objetos encontrados y conexiones encontradas ... "
Larga es la lista de obras publicadas por Smyth, un poeta cabal y prestigioso que vale la pena conocer: Acá anotamos algunas de ellas:
En esta ocasión quiero compartir con ustedes el hallazgo de algunos bellos poemas de Smyth traducidos al español por Gerardo Giambolini:
La vida solitaria
Entraba allí
como si entrara al Templo de Salomón
o a un monasterio del Tíbet de adoración silenciosa.
Me escondí allí, no una vez sino muchas
pasando una mañana
en el panteón de la retórica
o una tarde de primavera
volviendo las páginas que traían una historia
de guerra y paz, de crimen y castigo.
Era el Amherest de Emily,
la itaca de Homero.
En la mesa de lectura,
como una fantástica herencia
los libros que un fósforo podría quemar
y convertir en cenizas,
llenos de ficciones,
llenos de fábulas, llenos de los trabajos
de la vida solitaria.
Canción marinera
El padre de mi padre,
famoso por lo bien que conocía las estrellas
añoraba con nostalgia
los nudos de cabo, las cadenas de ancla,
arribar al puerto desde las pasturas noctunas
del océano. Lo que más amaba
eran las luces de la costa,
las ciudades ribereñas emanando humo
en el húmedo noviembre.
El padre de mi padre
conocía el mar por lo que era:
un auténtico bastardo sonriendo en la oscuridad,
llenando los bolsillos abultados
del capitán de puerto.
Al levantarse de su litera
un sexto sentido le decía que no confiara
en la calma absoluta de las albas que se velan
como el primer día del mundo.
Después de muchos años
Después de muchos años paso por la casa
en que nací.
Una casa de recuerdos guardados en cajones.
El techo derruido, los pisos a punto de caer.
En el vestíbulo estigio sólo el silencio dejado
por la ida del último inquilino.
Mil novecientos cuarenta y nueve.
El dueño sube tres tramos de escalera
para cobrar la renta.
Mi padre en la ventana,
borrosa por el polvo, lee su diario de la tarde
o Los cañones de Navarone
Sentado hasta que es hora
de peinarse el cabello y salir a la calle
con su sombrero y su abrigo y su pañuelo planchado.
Rendición
Tu viejo vestido de chiffón
cuelga como el vestido de Emily Dickinson
triste y desdichado en el cuarto de fondo
Un cuarto al que rara vez entramos.
Evoca recuerdos de una noche en los conciertos
un día en Ravenna.
Ahí consignamos
a la pila de trapos y el revoltijo de cosas
tu ropa elegante, mi traje de tweed
grueso como una armadura.
Ahí en el armario con parches de madera
está el sombrero de paja.
de tantos viajes, el ala estropeada,
y la chaqueta suelta, quw perdió algunos botones;
en otro tiempo de moda,
ahora anticuada como el echarpe de Arán
o la camisa con vuelos, deshilachada lo mismo
que una bandeja de rendición.
La nueva ciudad
La nueva ciudad se alza donde el agua es el elemento,donde la luz de los barcos horadaba la niebla y las pasarelas se volvían tablones podridos. La nueva ciudad nace donde cayeron los viejos lugares: las tabernas donde se pasaban los permisos en tierra, el muelle de carga donde los estibadores izaban el carbón de las minas de Polonia, donde las gaviotas del río entonaban himnos de gratitud por lo que el río les ofrecía directamente desde su desembocadura. Han desaparecido los senderos que recorrían los amantes, senderos que eran el atajo a casa para aquellas ancianas que vivieron lo suficiente para ver cómo Lord Nelson era derribado de su pedestal. Aquí abajo es el final del camino, donde la ruta renace como el agua perenne del río, que nunca se detiene, sino que avanza como cualquier vagabundo.

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