lunes, 2 de mayo de 2011

Aysén, la estación del olvido, de Carlos Aránguiz Zúñiga

En estos días en que la Región de Aysén y la Patagonia en general han estado en la mirada pública, me acordé que en mi biblioteca tenía una poco conocida novela que encontré hace un tiempo en una librería de San Diego. Por referencias sabía de esta novela y de su autor,  de su profesión de abogado, de su labor como juez  y de su talento literario, pero no había tenido la oportunidad de leer algo de él. Fui pues hasta mis anaqueles, busqué la novela en cuestión y me di  a la grata tarea de leerla. Son casi 100 páginas que se van acabando sin prisa, pero también sin detenciones, donde descubro una pluma fértil, imaginativa, no excenta de humor, de una fina ironía y de una profunda traza psicológica con la que va adornando a sus personajes. No es posible quedar indiferente ante ellos, nos afloran sentimientos muy humanos ante la loca misión del protagonista o el ingenuo enamoramiento de una maestra rural. Reconocemos en la actitud de la empresa estatal ferrovaria un no sé qué permanente de su mal manejo administrativo.


Aysén, la estación del olvido, es la curiosa aventura de un empleado ferroviario que alcanza el sueño de su vida al ser designado Jefe de Estación. Ya antes, como miembro del grupo de vialidad había soñado con ser Jefe de Grupo, nombramiento que solo consiguió cuando era él el último de los obreros en funciones y no había nadie más para el puesto (y nadie más para ejercer de subalterno). Pero la vida no era fácil para Joaquín y cuando le llegó el ansiado nombramiento se aprestó a viajar a Lago Verde, pues ésa era su designación. Cosa rara, en el mapa nacional ferroviario (desde Arica a Puerto Montt), no figuraba ninguna estación con ese nombre. Cuando se enteró de que estaba nombrado al frente de una estación ferroviaria en la Patagonia chilena, donde no hay ferrocarriles, creyó que tendría el honor de inaugurarla, bien pronto se dio cuenta que fue enviado solo para ser olvidado en esas lejanías.

Joaquín, viudo y de mediana edad, casi vuelve a encontrar el amor en Rosario, la joven maestra de escuela, acompaña los últimos días de soledad de Carmen, argentina avecindada en lago Verde y dueña de la pensión donde aloja Joaquín. Le pagará de su sueldo a un subalterno, el mestizo Raimundo, que lo ayudará en sus "labores ferroviarias" y poco a poco se irá haciendo parte de la comunidad que, si antes lo miraba con recelo, después lo adoptaría como uno de sus hijos más visionarios. Joaquín levanta una estación en el pueblo, talla trenes de madera, escribe itinerarios posibles en la pizarra de salidas y llegadas, confecciona proyectos para instalar el ferrocarril, hace estudio topográficos y financieros para implementarlo, pero la cruda verdad es que la Empresa de Ferrocarriles del Estado se ha burlado de él y aunque le paga puntualmente su sueldo y hasta le dio la gorra con la plaquita de Jefe de Estación, nunca ha habido ni nunca habrá trenes en Aysén.

Escritor pulcro, con manejo magistral de los tiempos, de las descripciones y de los diálogos, Carlos Aránguiz se alza como un permanente proyecto de gran escritor. Tal vez su dedicación a la judicatura -es Juez de la Corte de Apelaciones de Rancagua-, sus labores en la Academia Chilena de la Lengua y sus empeños como editor de revistas literarias, le hayan restado tiempo para dedicarlo a su propia obra. No obstante, una decena de libros de narrativa y poesía atestiguan su calidad de escritor.

Probablemente no sea fácil de conseguir algún ejemplar de esta novela. Me precio de tener uno, pero si topan un día por las calles de Rancagua con este juez o tienen como yo la suerte de encontrar una obra suya en una librería, acuérdense que desde la sencillez de su estilo, se alza un muy buen escritor, digno de conocer, leer y compartir.

prof. Benedicto Andrés  González Vargas

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