
Ellas,
pequeñas aún, motivadas por tanta alegría nacional dibujan en todas partes
banderas chilenas y diseñan insignias que las contienen. Mi esposa y yo,
esotéricos de vieja data, rescatamos y enseñamos las enseñanzas tradicionales y
secretas de nuestros mapuches y la rica simbología hermética de nuestra bandera
patria. La televisión muestra imágenes de nuestra tierra y costumbres, y por
todos lados aparecen los olores de nuestras típicas comidas. Llega a ser
torturante para el paladar que el olfato por donde vaya huela empanadas,
asados, anticuchos y otras exquisiteces criollas. Por lo demás, los buenos
vinos y la dulce, pero traicionera chicha, también se nos
aparecen por doquier.
Ya
empiezan a levantarse las fondas y ramadas, los huasos visten sus atuendos para
el rodeo, como mi amigo Guillermo Pérez Guarda, que durante la semana es un
serio funcionario del Ministerio de Justicia y el fin de semana se convierte en
huaso corralero, bien aperado, picarón y luego del rodeo, un poco entonado con
las alegrías de la patria y los líquidos generosos que produce.
Los
municipios hacen lo suyo preparando imponentes espectáculos al aire libre con
muestras de artesanía y oficios propios de nuestra cultura. He tenido la
notable experiencia de ver y escuchar a Los Jaivas en vivo, mientras doy cuenta
de empanadas y anticuchos en el Parque Padre Hurtado, que antes se llamaba
Intercomunal de La Reina. Por eso septiembre es distinto en mi Patria, porque
el 18 y 19, cada uno de acuerdo a nuestras posibilidades, literalmente tiramos
la casa por la ventana para celebrar el único cumpleaños que une a todos los
chilenos: el de Chile, ¡viva Chile, m..!
prof. Benedicto González
Vargas
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