(por Sylvia Molloy)
De chica me gustaba andar con un libro en la mano aun cuando no sabía leer. No abandoné la costumbre incluso cuando supe hacerlo. Mi madre refunfuñaba cuando me metía algún librito en bolsillo, de aquellos que llamaban "pequeños grandes libros", antes de acompñarala al centro. Mi padre hacía lo mismo cuando, en visperas de vacaciones, me las ingeniaba para meter libros en el baúl del auto. Mi respuesta a los dos era la misma: "¿y si tengo un momento libre y no tengo nada que leer?
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